¿Qué
le pasa a mi hijo?
Ander
fue descrito como “De Novo”, es decir, “de nuevo”, sin precedentes. En su
familia, no eran portadores de la patología y el pequeño se sumó al 95% de los
enfermos de Dravet que desarrollan la mutación genética por sí solos “sin que
nadie les ayude”, como suele decir su padre.
Ander
tuvo su primera crisis a los seis meses de vida. Un periodo que coincidió con
el momento de la vacunación de la triple vírica (contra el sarampión, las
paperas y la rubeola). Esta inyección casi rutinaria suele acarrear cuadros de
fiebre que, en el caso de Ander, originaron el “debut” de su enfermedad, la
aparición de esa primera crisis. “En principio, nos dijeron que era la típica
fiebre que suelen tener los bebés por crecimiento. Y ahí se quedó, en
convulsiones febriles”, recuerda Félix.
Un
mes después, sufrió una segunda crisis. El neurólogo encargado de su
seguimiento empezó a pensar posibles diagnósticos, pero la edad temprana de Ander
todavía daba lugar a que se tratase de convulsiones febriles. Félix admite que,
en aquel momento, desconocía la existencia de estas convulsiones en los bebés,
pero confió en las palabras de los médicos y se resignó a esperar.
Ander
no mejoraba. Nada más lejos de la realidad, continuó presentando este tipo de
crisis y el neurólogo calificó el problema como “Convulsiones febriles Plus”.
Más espera. Más ataques epilépticos y algún estatus (crisis epiléptica que se
prolonga por un tiempo suficiente para poder producir un daño neurológico) que
obligaron a los sanitarios a determinar “Convulsiones febriles Plus Plus”. Las
crisis no remitían y tampoco aparecía un diagnóstico claro, por lo que el
neurólogo se cubrió las espaldas y añadió otro “Plus”: “Convulsiones febriles Plus
Plus Plus”. “Yo creo que el tío se inventaba las cosas porque ya no sabía ni
por donde le daba el aire”, relata Félix con gesto resignado y el enfado reflejado
en el ceño fruncido.
Las
resonancias y los encefalogramas no mostraban anomalías físicas en el cerebro
de Ander. No tenía ninguna malformación que señalase un foco de epilepsia como
suele suceder en los diagnósticos de dicha patología en los que se localiza un
grupo de neuronas de vez en cuando demasiado excitadas que, como dice Félix “te
pegan un chispazo y ya está”. Ander no presentaba ningún problema físico así
que su padre decidió buscar una alternativa y planteó al doctor la posibilidad
de hacer una prueba genética. El donostiarra recuerda el gesto contrariado del
neurólogo al escuchar su propuesta: “Eso te hace sospechar”, rememora.
Los
resultados arrojaron luz y trajeron malas noticias a partes iguales para
confirmar las dudas que habían aflorado en el diagnóstico del doctor: SCN1A, la
mutación genética relacionada con el Síndrome de Dravet. “A partir de ahí ya
sabes a qué te enfrentas. ¿Es peor no saber? ¿Es mejor no saber? Yo quería
saber a qué me enfrentaba”, sentencia Félix con la seriedad grabada en la
mirada.
Félix
y Raquel se lanzaron a buscar un tratamiento. Empezaron a informarse, pero los
datos en España brillaban por su ausencia. La mayoría de contenido se agolpaba
en páginas en inglés. “Algo en Estados Unidos, algo en Inglaterra, pero muy
poca investigación. En España, apenas se veía que hubiera nada. Ni siquiera el
neurólogo sabía qué era”, asegura Félix. Lo intentaron en San Sebastián, Bilbao
y una tercera opinión en Barcelona, pero ninguna de sus apuestas dio fruto. Al
final, recalaron en un médico privado en Santander que conocía la enfermedad.
El
apoyo de la Fundación
Aquel
diagnóstico tan tardío pudo acarrear consecuencias fatales y marcó a los padres
de Ander hasta el punto de que hoy es el lema principal de su lucha: “Que nadie
pase lo que he pasado yo: tres años sin saber lo que tiene tu hijo” es el deseo
de Félix Lucas. De la mano de la Fundación Síndrome de Dravet, los “aitas” de
Ander apoyan la investigación de esta patología para acelerar los diagnósticos
desde la creación de esta iniciativa.
Con
la recaudación de todos estos años, se han lanzado dos becas de investigación.
Una de 70.000€ que se ha quedado en Pamplona, en el CIMA (Centro de
Investigación Médica Aplicada), para investigar terapia génica, la cura real
para el Síndrome de Dravet. La otra beca se ha destinado a un laboratorio francés
en el que se está desarrollando un compuesto que puede resultar en un fármaco
efectivo para luchar contra el Dravet.
Cuando
Félix entró en la Fundación, sus tres objetivos eran la investigación, la
comunicación y la difusión. Chófer de autobuses de profesión y aficionado al
montañismo, no podía ni tenía los recursos para dedicarse a la investigación: “Tampoco
soy periodista ni conozco mucho cómo va el tema de las redes sociales. Lo que
yo puedo hacer es ruido, sobre todo a través del deporte solidario”.
Desde
entonces, la Fundación Síndrome de Dravet participa en carreras como la
Behobia-San Sebastián o las maratones de San Sebastián, Madrid o Vitoria con
sus camisetas moradas, el color de la epilepsia, adornadas con una mariposa que
ocupa toda la espalda. El primer año, las regalaban. “Me cogí la mochila y me
fui a la salida de la Behobia a repartirlas entre la gente”, cuenta Félix entre
risas. Las mariposas son el símbolo de la Fundación porque, cuando Ramon y
Cajal vio por primera vez una neurona en un microscopio dijo que las neuronas
eran las mariposas del alma.
El
objetivo de aquel año consistía en recaudar 8.000€ euros para poder hacer
ochenta pruebas genéticas con un coste de 100€ cada una y conseguir que ochenta
corredores corrieran con la camiseta morada en diferentes carreras populares.
“Conseguimos el objetivo. Entre ellos, había un grupo bastante numeroso de
gente de Pamplona y de Navarra”, añade el donostiarra.
Uno
de los eventos que apoya la recaudación de la Fundación es la Carrera Solidaria
de Ziordia. José Ramón Ramírez la organiza y coordina desde el nacimiento de la
iniciativa hace ocho años. La Fundación Dravet empezó a tener presencia en el
evento hace cuatro años y, desde entonces, montan un puesto en el pueblo
navarro el día de la carrera. Allí, venden camisetas, pañuelos, bolis, chapas o
gorras. “A raíz de la participación de la Fundación Síndrome de Dravet, subió
la participación también de corredores de fuera en la carrera al venir mucha
gente de la Fundación a correr”, asegura Ramírez.
El
propio organizador decidió sumarse a la causa de las mariposas moradas y sigue
corriendo con la camiseta de la Fundación en las carreras en las que compite.
“Les seguí en redes y empecé a conocer la enfermedad y ya que iba a correr pues
me puse la camiseta morada con la mariposa para dar visibilidad”, afirma el
corredor navarro.
Hoy,
la Fundación Dravet España es la Fundación Dravet con más seguidores en redes
sociales del mundo con 3.490 seguidores en Instagram, 2.140 en Twitter y 71.552
“Me gusta” en su página de Facebook. “De ser totalmente desconocidos hace doce
o catorce años a esto”, señala Félix Lucas sorprendido, pero ilusionado.
El
cambio de su vida
Félix
tuvo que dejar de ejercer como conductor en los autobuses urbanos de San
Sebastián para ayudar a su mujer en el cuidado de su hijo, una labor que ocupa
ya todo el tiempo de su jornada. Cuando Ander era pequeño, sus abuelos podían
prestarle la atención necesaria, pero su crecimiento físico y alguna que otra
crisis epiléptica obligaron a sus padres a liberar a los familiares de tal
responsabilidad.
Félix
no se esconde ni romantiza su realidad: “Es muy duro. Hay gente que te dice que
esto es un regalo de Dios. Yo estos regalos no los quiero. No es algo que desee
a nadie, ni a mi peor enemigo si lo tuviera”. La enfermedad de Ander trastoca
por completo la vida familiar. Viajar de vacaciones o irse de fin de semana con
los amigos no cuentan como una posibilidad para los padres. Ander “no para
quieto”, sentencia Félix.
Hasta
hace poco, salir a tomar un café parecía casi imposible para ellos. Sentarse,
pedir el café y tener que levantarse porque el pequeño quiere ir a jugar al
columpio, se escapa o quiere hacer pompas. Últimamente, Ander ha empezado a
entender en cierto modo el plan: “Hemos conseguido hacerle entender que tomamos
un café cinco minutos y luego vamos a jugar. Por fin, podemos hacer lo que
hacen otras personas de sentarse de verdad a tomar algo y charlar”, respira
aliviado Félix.
Raquel
también tuvo que dejar de trabajar. Su empresa le ofrecía unos horarios
incompatibles con el cuidado de Ander, le echaron del trabajo y la pareja decidió
que se dedicase a cuidar de su hijo. Así estuvo dos años hasta que la ansiedad
no le permitió seguir sola así que decidieron que volviera a buscar un empleo. “Un
bebé normal dura dos, tres años, pero cuando ya llevas cinco, seis, siete u
ocho años con el bebé a lado, te hartas y es muy difícil seguir solo”, afirma
Raquel.
Encontró
trabajo y ambos trabajaron simultáneamente hasta que los abuelos de Ander no
podían ayudar más. “Ander tuvo una crisis, tuve que salir del trabajo para
atenderle y decidimos que no podía seguir así porque era demasiada
responsabilidad para unas personas tan mayores como nuestros padres”, narra
Félix, que tuvo que acogerse a una reducción de su jornada.
La
decisión de dejar de trabajar para cuidar de Ander no supuso un problema para
Félix. En su empresa, puede permitirse “el lujo”, como dice él, de reducir su
jornada. Es una reducción protegida porque percibe un salario base, aunque
pierde pluses, vacaciones y “mucha pasta”. En este aspecto, el padre de Ander
se considera afortunado porque no todos los trabajadores pueden acceder a esta
posibilidad, solo quienes que cuiden de personas con cáncer o enfermedades
raras.
La
pareja siempre había querido hacer vida lo más normal posible hasta que la
situación se ha tornado insostenible. “Ahora, después de la pandemia, estamos
en un momento de ilusión esperando que me pueda reincorporar al trabajo el año
que viene”, se alegra el “aita” de Ander, aunque sabe que su futuro dependerá
de la efectividad que tenga la nueva medicación de su hijo.
La
esperanza se va apagando para Félix y Raquel. Él ha asumido un papel más
secundario en la Fundación y colabora en encuentros con familias, apoya la
investigación, asiste a reuniones, contacta con otras familias que tenga este
problema para compartir su experiencia y poder ayudarles “para que no entren en
un pozo sin fondo del que luego no puedan salir”, concluye. La enfermedad de
Ander va comiendo el poco terreno que queda ya de la antigua vida de sus
“aitas”, pero Félix se alegra de haber luchado junto a sus compañeros de la
Fundación Síndrome de Dravet: “Creo que el objetivo inicial se ha cumplido.
Estoy super orgulloso y contento”.


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